18 octubre 2019

Resilencia

Resultado de imagen de mujer descalza frente al mar


Hubo una vez en que el mundo enmudeció. Los pájaros ya no volaban, el sol salía a veces en medio de un cielo amenazante, obscuro y gélido. Todo estaba ya seco, olvidado, gris; nunca se supo cuándo fue el momento exacto en el que las almas de los cientos de humanos sobre esta tierra, decidieron partir.
Nadie quedó sobre nuestro planeta, quizás porque el egoísmo y las miserias se hicieron tan potentes, que ya nada hubo que hacer, era demasiado tarde. Oh, seres mezquinos, no supieron que al herir a su prójimo, marcaban su propia sentencia: todos estamos hechos de la misma esencia. Entonces, la existencia guardó un respetuoso silencio, los seres buenos se rindieron por primera vez en millones de años y se quedaron solos. Al sentirse abandonados por ellos mismos, se fueron apagando.
Pero cierto día, de quién sabe qué año o siglo, unos pies descalzos comenzaron a andar, solitarios también, pero envueltos en la soledad de la creación, donde todo inicia, donde el silencio es más profundo aún.
No se supo de dónde vino, agotada pero con pasos firmes, caminó por varios meses sin prisa, pues llevaba el hogar dentro del corazón. Su cuerpo por momentos sollozaba de frío, porque ella vino al mundo desnuda. Desprovista de ropajes y de armazones, ni máscaras poseía ya, las había dejado atrás; en realidad nada traía más que su propia luz .
Era liviana, tan sutil como su luna, capaz de hacer alquimia con las emociones, porque conocía el secreto de saberse hija de las estrellas. Pero no venía sola, traía consigo la esencia de todos aquellos que alguna vez decidieron detenerse en su camino para aprender a ver, abandonar lo inútil, soltar las cargas pesadas, esperando que alguien, volviera por ellos alguna vez. Y eso fue lo que hizo, así, tan simple, sin pretender. Se arrodilló sobre la tierra, que ahora estaba tan seca como su piel, más no su espíritu..
No supo qué hacer ni qué decir, tan solo lloró, como nunca nadie lo hizo. Lloró por ti, lloró por mí, por todos los que ansiamos despertar. Tan sólo eso bastó, para que el milagro se hiciera presente. Le imploró a la creación otra oportunidad, sabiendo que sería una más, de tantas miles de oportunidades que se nos brindan.
Dicen que aquellas lágrimas, son las mismas que las de algún Dios, yo creo que son las de cualquier ser humilde que aprendió a aceptar y transformar. Dicen también que el agua sagrada de sus lágrimas, salada y dulce a la vez, hizo nacer una flor. Siento además, que siempre se puede volver a empezar. Cuentan que aquel ser continuó llorando tanto, que al fin la tierra bajo sus pies, volvió a llenarse de vida y un mar profundo colmó mi vientre, donde ahora nadas tan libre como ella.
Natalia Lewitan-Escritora-

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