10 marzo 2021

El Magnetismo Personal




(Dr. H. Spencer Lewis, F.R.C.)

Una antigua Ley oriental en forma moderna

Hace varios años, se pen­saba mucho y se aten­día mucho al asunto del magnetismo personal.

Diarios y revistas publi­caban consideraciones acerca del asunto en diversos artículos por varios autores; libros y folletos aparecían a cada rato, asegu­rando que trataban este asunto de ma­nera científica, y que daban instruc­ciones al estudiante acerca de sus leyes y principios.

Poco comprendido entonces, pues pa­recía que se refería a alguna extraña cualidad poseída por algunos pocos «escogidos,» y tenidos por misteriosos en su poderosa habilidad de inducir y atraer a otras personas que caían den­tro del radio de su fuerza sutil, el mag­netismo personal se convirtió en el in­strumento del charlatán, y en la en­vidia de todas aquellas personas que fracasaban en la lucha por la vida.


Algunos autores y conferencistas algo más avanzados afirmaban que conocían y enseñaban la manera secreta para poder usar esta avalancha de po­deres con el objeto de alcanzar prosperidad, salud y felicidad; pero pronto se supo lo poco que sabían, ya que no revelaron ningunas leyes ni principios verdaderos, y los ávidos investigadores tuvieron que dedicarse a descifrar ex­traños términos y frases, y a practicar ejercicios mentales tontos, quedando así llenos de esperanzas fallidas.


Pero a pesar de que se conocía muy poco acerca del magnetismo personal en aquellos días, sí existe semejante fuerza radiante y sutil procedente del cuerpo humano. Esta fuerza puede llamarse con propiedad «magnetismo personal,» porque el místico moderno, en su labo­ratorio científico, ha probado que existe un campo magnético que rodea su cuerpo y que existe dentro de su cuerpo y emana de él. Está en el cuerpo humano en virtud de aquella ley que se revela al examinar y estudiar cual­quier masa física que contiene cuali­dades magnéticas o sea magnetismo.

Es bien sabido y probado con experi­mentos científicos, que un ciego al caminar por la calle, o al moverse en su casa, no se atiene únicamente al tacto para guiarse cuando se aproxima a un muro o a cualquier otro obstáculo, y también se da cuenta claramente de la presencia de otra persona. Se ha demos­trado científicamente que el aura mag­nética se extiende tanto frente a nues­tros cuerpos físicos, que los ciegos, cuyos sentidos delicados están fuertemente desarrollados, pueden sentir verdadera­mente que sus auras magnéticas tocan un obstáculo mucho antes de que puedan alcanzar dicho obstáculo y tener contacto con él por sus cuerpos y senti­dos físicos.

Hay instrumentos delicados que han demostrado que el aura que emana del cuerpo humano se extiende hasta más de tres metros y que irradia cuando menos dos metros en todos sentidos.

Imaginaos ésto: de cada ser humano emanan radiaciones de cierta clase de fuerza o de energía, que se extienden, por lo menos dos metros y a veces hasta más de tres metros de distancia del cuerpo.

Lo que tenemos es: «¿Qué es esta aura, cómo se manifiesta, atrae o rechaza, y cómo puede manejársela?». Antes de contestar a esta pregunta, es necesario conocer algo de los campos magnéticos de todas las cosas. Ante todo, tenemos el elec­trón, esa partícula invisible hasta ahora, que según la ciencia nos dice, forma el átomo, pero de la cual se sabe poco y sólo pueden suponerse muchas cosas, hasta donde hemos progre­sado. Sin embargo, el místico en su labora­torio ha ido más lejos que la ciencia exterior y sabe algunas cosas respecto al electrón.


Digamos, pues, que un electrón es la par­tícula más pequeña que entra en la forma­ción de la materia; hallamos que en el electrón funcionan fuerzas duales, y que estas fuerzas son positivas y negativas, lo mismo que en toda célula creadora. Las vibraciones que emanan de cualquier masa de materia trasmiten la calidad de la radiación, de acuerdo con la natu­raleza de la fuerza predominante den­tro de la masa. Así, sea cual fuere la calidad despedida por la masa, ya sea positiva o negativa, esa calidad se llama «polaridad.»

Ahora bien, cualquier masa de materia irradia una positiva o negativa, y por consiguiente, una u otra de las dos polaridades. Las vibraciones que emanan de la materia son positivas o negativas y están regidas en su polaridad por la índole o calidad predominante de las fuerzas que yacen en los electrones combinados, que son los que forman los átomos de cualquier masa de materia. Así vemos que las fuerzas positivas o negativas que están en los electrones no son iguales, sino que una u otra predomina y determina la polaridad.

Y así, las vibraciones que emanan de cualquier forma de materia, tie­nen una influencia magnética sobre toda otra forma de materia, y será atraída o rechazada por otra ma­teria, de acuerdo con la ley de las polari­dades: lo positivo atrae a lo negativo y re­chaza a lo positivo, y viceversa.

En el imán de herradura, o en otro imán permanente, ha­llamos también un buen ejemplo de la fuerza atractiva, o magnetismo, que emana de las vibra­ciones de un trozo de hierro. Extendiéndose hasta corta distancia en torno a esos imanes, existe ese campo o aura en que ocurre la atracción magnética.

Probablemente habéis hecho experimentos con imanes y habéis visto cómo el imán atrae la aguja o cual­quier otro trozo de acero, y lo hace saltar y unirse a uno de los polos del imán, tan pronto como el imán está lo suficientemente cerca para atraer la aguja con su aura magnética; tan pronto como la aguja entra en esta zona o campo de atracción, no puede resistir la fuerza e inmediatamente se ve atraída por el polo del imán y permanece allí hasta que se la arranca.


Ahora bien, el magnetismo que emana del cuerpo humano es verda­deramente magnético, en el mismo sentido en que es magnetismo el del imán ordinario, pero el término «magne­tismo,» aplicado al cuerpo humano, se usa en relación con fuerzas o energías físicas que están dentro del cuerpo, que son duales en su naturaleza, y que con­sisten de dos calidades opuestas de ener­gía, o de vitalismo, fundidas por su atracción mutua. Esta energía o vita­lismo o magnetismo, rodea el cuerpo humano, porque emana de las dos ener­gías opuestas que existen en el cuerpo humano, y de ellas deriva su esencia. La fuerza vital, es decir, la fuerza de la vida, está asociada y controlada por la mente del alma del hombre, se funde con las energías físicas, materiales, cor­porales, para crear esta aura magnética, y esta aura es de polaridad positiva o negativa, según la naturaleza de la pola­ridad predominante en su constitución. Por eso, se dice que una persona es posi­tiva o negativa.

Bajo ciertas condiciones, el aura puede verse a la simple vista. Quienes la ven con más facilidad son clarivi­dentes, pero bajo ciertas condiciones físicas, por causas naturales o científi­cas, casi todo el mundo puede ver el aura humana. Por esto, el «magnetismo personal» ya no es una fuerza mis­teriosa e invisible, la cosa intangible de hace varios años, porque ahora puede verse, medirse, sentirse, reflejarse, pe­sarse, neutralizarse, aumentarse, disminuirse, y modificarse de muchas otras maneras, ya mecánicamente, ya por medio del empleo de la voluntad humana.



Voluntad y Vibraciones

Y es aquí donde hallamos el gran secreto que tantos investigadores y pre­ceptores no pudieron descubrir en los primeros días de la historia del «mag­netismo personal.» Y es que la VOLUNTAD HUMANA, esa fuerza ex­traña, directriz, determinante, siempre a la disposición del intelecto humano, PUEDE VERDADERAMENTE Y NO TEORICAMENTE, MANEJAR Y AFECTAR LAS VIBRACIONES RA­DIANTES LLAMADAS MAGNE­TISMO PERSONAL.


¿Qué es, pues, ese magnetismo per­sonal? Tiene que estar directamente asociado o bajo la dirección de la mente o el intelecto. Tiene también que estar asociado a la energía del cuerpo hu­mano, porque hallamos que las radia­ciones magnéticas del cuerpo humano (el aura) quedan afectadas por la ín­dole o por la fuerza de la energía vital del cuerpo, y fluctúa y vacila en la misma proporción en que lo hace la vitalidad del cuerpo.

Dicho de una manera sencilla, tene­mos que acudir a la mente, que es un atributo del alma, para hallar el secreto y la clave del magnetismo personal, porque la mente y la fuerza vital están relacionadas, y la vida está bajo el con­trol directo de la mente, por lo que atañe a la «vida» y no al cuerpo.

¿Cómo se ve el aura de una persona, en condiciones apropiadas? El aura IRRADIA y se manifiesta en vibra­ciones de color. Si pudierais ver las emanaciones de las vibraciones que constituyen el aura que rodea el cuerpo humano, veríais varios colores, de di­ferentes clases y matices, cada uno de los cuales significa cierto estado físico o mental, expresado interiormente y re­flejado hacia afuera, y este reflejo ex­terioriza las vibraciones, forma el aura, y esta aura es realmente la expresión externa de la personalidad del alma, tal como está desarrollada.

Y ahí lo tenéis: una personalidad magnética, o sea magnetismo personal.

Examinemos y analicemos la per­sonalidad magnética, para llegar a al­guna conclusión con respecto a las cuali­dades, condiciones, o naturaleza de ella. Si podemos notar cualquier diferencia, al observar o analizar, hagámoslo así y analicémosla cuidadosamente.

El Aura del Niño

La primera observación que hacemos es en el niño. ¿Por qué los niños son tan maravillosamente atractivos para toda persona? ¿Qué cualidades y ex­presiones hallamos en el niño? Al atender a estas preguntas hallamos: a, sencillez; b, inocencia; c, pureza de mente; d, sinceridad; e, entusiasmo; f, confianza; g, fe absoluta; h, aprecio; i, imaginación; j, falta de duda; k, ale­gría de vivir; 1, vitalidad; m, facilidad para perdonar; n, amor por todas las cosas.

Por lo tanto, si la mente afecta o maneja directamente la fuerza vital y el aura magnética, ¿Cuál suponéis que será la naturaleza de la expresión de un niño que posee las cualidades arriba mencionadas? y casi todo niño entre los dos y los seis años de edad posee todas ellas. ¿No véis, pues, la causa de la atrac­ción de todo el mundo por la personali­dad del niño?


Hallamos aquí ciertos estados de CONCIENCIA que producen efectos definidos, por lo que respecta a las auras. Esto es así porque el niño todavía no ha tenido los suficientes contactos con el mundo para que se modi­fique su consideración acerca de la vida y las cosas, en general. A medida que el niño crece, tiene más y más contacto con la vida del mundo y con sus condi­ciones, de manera que se va acostum­brando a los convencionalismos, opi­niones, etc.

Estas cosas afectan la conciencia sen­cilla del niño y la van cambiando; la duda se infiltra, las preocupaciones comienzan a hacerse sentir; se producen temores ante ciertas personas y cosas, y en vista de todo esto el niño empieza a no expresar la sencillez de su mente, puesto que es influenciado y afectado por el medio ambiente.

Vamos a referirnos a otro tipo. Hay muchas personas de bellas facciones, cuya personalidad o magnetismo es limitado, o escaso por decirlo así. D. W. Griffith, el director de cine, dijo que la manera como él escogía a las personas para los papeles principales de sus pelí­culas, era buscando una especie de luz interior en el candidato. Con esto, quería decir que él buscaba cierta expresión o manifestación de la personali­dad, que indicaba que, por medio de la experiencia, el desarrollo y el progreso, una personalidad verdadera del alma se estaba expresando ante él; a esto llamaba él luz interior, y en esto con­sistía su prueba principal para resolver si el candidato podía o no desempeñar su papel.

Consideremos ahora dos tipos diferentes de personalidad. En el primero diremos que la persona posee gran ener­gía, y esto significa salud, fortaleza, poder, entusiasmo, actividad y amor por la vida. Sólo desea la felicidad en esta vida y trata de hacer todo lo que le lleve a una existencia de continua fe­licidad.

Por medio de los pensamien­tos apropiados, él aumenta su grado de magnetismo en polaridad positiva, y así irradia una aura positiva poderosa. Si esa persona estuviera a cuatro o cinco metros de nosotros, nos sentiríamos in­conscientemente impulsados a voltear­nos hacia él y mirarlo. Su aura radian­te magnética, o las vibraciones de su alma, nos atraerían fuertemente.

Qui­zás nos diríamos mentalmente que estábamos en presencia de alguien que es “grande”.

Por otra parte, consideremos a un hombre débil, física y mentalmente; no tanto como para que sea un defectuoso mental, sino lo suficiente para que carezca de ambición, de entusiasmo, de actividad, de salud, de fuerza, y de deseo de convertirse en el tipo más alto de hombre. Nos hallaríamos así en pre­sencia de un hombre que pasa inadvertido; de un hombre cuya aura seria muy débil y no se extendería más de unos pocos centímetros de su cuerpo.

Este hombre pensaría poco, tendría ideas de odio y de venganza contra aquellos que le impiden realizar sus deseos, o que se oponen a sus propó­sitos; sería un hombre atado por las cadenas de la hipocresía, un hombre difícil de convenir en que esta equivo­cado, aunque se le presentara la prueba más positiva de ello. Ese hombre irra­diaría una aura de polaridad negativa, tan débil, que seria casi absolutamente neutral. Esta persona tendría muy pocos amigos verdaderos, si acaso tu­viere alguno, y sería una carga para su propia familia.

Si observáis la diferencia entre estos dos tipos, hallaréis el secreto, el secreto del estado de conciencia que nos hace poseer magnetismo personal, que hemos estado buscando siempre.

Recordad que es el alma y la mente, y la conciencia del hombre, la que en DEFINITIVA determina la cualidad de su aura y de su atracción magnética. Si desde la infancia se permitiera a toda alma expresar la per­fección en todo pensamiento y en toda actividad, entonces cada uno de noso­tros estaría expresando la forma más alta posible de atracción magnética. ¿Por que? Porque EL HOMBRE ES COMO UN SOL, y el hombre, natural­mente, debería vivir con perfección, debería ser un fuego viviente, o una fuerza como de luz de sol y de amor.

¿Por qué, pues, no es el hombre magnético? Simplemente, porque el hom­bre, por regla general, esta mucho más abajo del nivel normal en que debería estar. Su vida y su pensamiento y su expresión son ANORMALES. Porque le faltan esos elementos vitales del alma, y de la conciencia, que hacen una vida perfecta e irradian las actividades del amor y de la felicidad.

Donde falta el amor en el corazón de un ser humano, toda fuerza vital falta también, de la misma manera que una planta no existe donde no tiene la nutrición de la fuerza amorosa de los rayos del sol.

El alma del hombre DESEA ex­presar sus cualidades divinas en la tierra y estas cualidades pueden resu­mirse en una sola palabra: AMOR. El amor pleno del alma, que exhibe toda su belleza, perfección. Sabiduría y gloria, hace del hombre lo que Dios dis­puso que fuera: una imagen de EL mismo.

El hombre, con su comprensión finita, objetiva, limitada, ha dividido la cualidad del Amor Divino, en pala­bras, ideas y fantasías, pero con todo eso, la Divinidad del Amor permanece sin cambio y se expresará cuando el hombre permita que su yo objetivo se haga a un lado para que así no inter­fiera con la expresión divina. Lo que el hombre llama amabilidad, paciencia, sinceridad, verdad, humildad, bondad, simpatía, comprensión, aprecio, reconocimiento y perdón, no son sino fases de una sola y misma cosa llamada Amor Divino.

¿Sería posible que uno cam­biara su polaridad negativa en una posi­tiva para adquirir así un magnetismo personal fuerte y atractivo? ¡Sí sin duda!. Para esto no es necesario más que polarizarnos junto con las fuerzas positivas, elevando nuestra conciencia gracias a los pensamientos de amor y a todo lo que contiene e implica esta palabra: vivir en paz con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea, hacer todo lo que nos sea posible para ser de valor en el mundo, tratar de estar por encima de todas las peque­ñeces, tales como el odio, los celos, la vanidad, el orgullo, y dejar que el autor divino que está en nosotros se exprese exteriormente.

Es lo más fácil del mundo hacer esto, si hacemos un esfuerzo consciente, y continuamos haciéndolo, a pesar de los primeros fra­casos. Todos estamos esclavizados por los pensamientos erróneos, tenemos que romper las cadenas que nos atan, cam­biando el proceso de nuestros pensamientos y elevando nuestras ideas hacia cosas ideales más altas.

Así, si deseamos vivir una vida ra­diante, llena de vitalidad (actividad, ale­gría y amor), debemos primero suprimir de nuestra conciencia toda clase de pensamientos destructivos y permitir que nuestra alma, nuestro verdadero yo, exprese su perfección y refleje su poder y su fortaleza magnética. En­tonces, los demás reconocerán y apre­ciaran nuestras personas, porque nos habremos convertido en una fuerza en el mundo, para el mejoramiento de toda la humanidad y la gloria de Dios. Es bien sabido de todos los místicos que Dios ha dado al hombre toda la fortaleza y el poder que lo ayu­dan a progresar hacia las rosas más altas.

Ciertamente que esto es verdad, y toda persona del mundo que está en posesión de una habilidad mental ordi­naria, puede dotarse de una personali­dad radiante, magnética.

Cada uno de vosotros tiene el poder de hacer esto, pero es necesario que hagáis el esfuerzo necesario para lograrlo.

Así como el dinámico eléctrico es capaz de producir la fuerza que crea la luz y la energía, pero no puede hacerlo mientras no haya recibido la fuerza motora que lo ponga en movimiento, así vosotros, también, poseéis la habilidad de elevaros y de convertiros en lo que queráis, pero no antes de que pongáis a funcionar vues­tro poder motor, y de que hagáis todo esfuerzo consciente para perseverar.

Dios no desea y no puede ayudar a ninguno que no haga un esfuerzo cons­ciente para ayudarse a sí mismo. Pero cuando hacéis ese esfuerzo y estáis haciendo lo más que podéis (y recordad que “lo más” es más de lo que siempre habéis hecho hasta ahora) entonces re­cibiréis ayuda para continuar en este camino, porque con el esfuerzo v con la continuidad del esfuerzo que hacéis, vuestra alma gradualmente se irá liber­tando de las ataduras que ahora la sujetan a falsos conceptos y comenzará a expresarse libre y perfectamente, obteniendo de la fuente infinita del poder, todo lo que necesita y requiere para continuar, para producir y crear el poder que necesitáis.

Ojalá que hagáis el esfuerzo y cosechéis la recompensa del Amor Divino, que lleva al alma la Paz Profunda.

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